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Política

  • La provincialización de La Pampa en 1951 abrió la posibilidad a todos los pobladores de elegir a sus gobernantes y sus representantes ante la Nación. En el medio siglo precedente la única alternativa de participación fue limitada y restringida para los territorianos: sólo se podía votar a nivel comunal y no siempre con una representación o legitimidad del todo clara. Sin embargo, todo un universo de entramados públicos y privados daban densidad a una dinámica vida política lugareña.

  • Cuando el general Miguel Duval llegó a La Pampa en 1939, no tardó en tomar conciencia -como muchos de sus antecesores- que el verdadero poder pasaba en esos años por las municipalidades y que las limitaciones presupuestarias y operativas dejaban al gobernador un estrecho margen de maniobra.

  • Es necesario, para recuperar la memoria histórica, hablar, conocer, recordar qué pensaban, qué debatían, quiénes eran, dónde militaban, a quiénes amaban, a quiénes se oponían. Es necesario analizarlo en toda su magnitud, con sus interferencias, sus interrelaciones; romper los carriles paralelos desde los cuales se pretende analizar lo propiamente literario de lo no literario, lo propiamente histórico, lo político separado de lo que se considera periodístico, que es la marca que tienen los estudios académicos en general, desde hace bastante tiempo: esta segmentación de la realidad con la excusa de que se hace ciencia.

  • A principios del siglo XX, a la Iglesia Católica le costaba hacer pie en el Territorio Nacional de La Pampa Central. El flujo migratorio incesante y heterogéneo, con una fuerte presencia de cultores del liberalismo laicista, hacía de la provincia un lugar propicio para la expansión de anarquistas, socialistas, espiritistas y también masones; todas expresiones en tensión con la doctrina religiosa oficial, en ocasiones hasta el punto de la abierta confrontación. Célebres apellidos de la historia pampeana fueron protagonistas del auge de la masonería local en aquellos primeros años del 1900.

  • La realidad es en extremo dolorosa y las estadísticas que la reflejan son aterradoras: el sistema implantado desde la década del ochenta (con precedentes correlativos tan sólidos, claro), ha venido in crescendo y rebasados sus cálculos más extremos, hasta vomitar tantos trabajadores al desempleo que estamos alcanzando la escalofriante cifra de más de 2.800.000 hombres y mujeres sin trabajo y, por lo tanto, arrojados a la marginalidad y la pobreza. Es casi el 20 % de la población económicamente activa del país.