Nuevo 1° de Octubre es una publicación mensual y gratuita de la CPE.
DEL LIBRO: “COSAS DE LA LLANURA”. CUENTOS Y RELATOS. (INÉDITO). CAPÍTULO: “MISTERIOS, CREENCIAS Y SUPERSTICIONES”.

Sí, sí, yo lo vi, claro que lo vi. Lo vi clarito. Cómo no lo voy a ver si yo era el que le echaba los caballos a la puerta para el aparte y él atajaba. Ya éramos grandes. El Tono tenía 11 años y yo 12, y eso lo hacíamos siempre. Más de una vez, con animales ariscos. Como a él le gustaba ponerse en la tranquera, siempre me decía “mandá no más que yo hago de arquero”.

Publicada en junio de 2004

De la tropilla que había en el corral, unos debían salir y otros quedar. Eran todos de los nuestros. Ahora... ese tordillo... no sé... no sé cómo apareció allí, no sé. Yo no había prestado atención que estaba allí, mezclado con los nuestros, no sé... El Tono lo advirtió y me dijo “... y ése, de dónde salió?”. “No sé  le dije yo, no es nuestro, no es del campo, no sé...”. “¿Viste qué fiero es?, penachudo y medio deformado, se mueve como descoyuntado, parece mandinga” concluyó el Tono. Después, cuando me preguntaron qué caballo lo había atropellado y quise señalarlo, el tordillo ya no estaba... se había hecho humo... Los nuestros, aún desapaciguados, volvieron todos a rodear el corral y a mirarnos con ojos de asombro y las orejas aguzadas. No sé... Cuando volvimos, me dijeron que en el campo no lo habían visto ni siquiera esa tarde. Y si estuvo, nadie se explicaba cómo podía haber aparecido y desaparecido de golpe; únicamente saltando alambrados, y sin que nadie lo viera, ni los vecinos en sus campos... ¡Un misterio...! Fue en la última sarta de mancarrones que le mandé a la tranquera cuando el tordillo lo atropelló. Lo encaró a lo ciego. Ningún caballo de los nuestros hacía eso, ¡jamás!  Y yo lo vi clarito cuando lo saltó, y en el salto le pegó con la rodilla de la mano derecha en la cabeza, en la sien le pegó, y el Tono, cayó seco, tumbado para atrás, como un palenque cortado al ras, como un caldén abatido por el último hachazo... Y, claro, detrás del matungo ese siguieron en fila los que quedaban, que eran los nuestros, que ese día estaban como trastornados, y encararon la tranquera medio enloquecidos, saltándolo al Tono sin tocarlo, de a uno, de a dos, como jugando a ver cuál saltaba más, en medio de una polvareda que no dejaba ver nada. Yo corrí detrás de ellos, desesperado, aunque lo primero que pensé, o más bien lo deseé, fue que el Tono se hubiera quedado tendido a propósito para que la caballada no lo pisara o lo golpeara en el intento de incorporarse, porque suele convenir hacerlo cuando se te vienen en tropel y uno está en el piso. No fue así. Cuando llegué, el pobrecito estaba tendido y blando como una soga, lleno de polvo, y los ojitos cerrados, enteramente pálido, como si se le hubiese ido toda la sangre del cuerpo, aunque no sangraba por ningún lado. Le hablaba y no me contestaba, estaba desmayado, o sin conocimiento, no sé. Empecé a gritar como loco, y cuando me escucharon vinieron corriendo desde las casas su madre Deolinda, sus hermanas mayores y los más chicos, el negrito Corvalán y el Cacho Monterrosa que estaban en el galpón, y hasta los dos molineros que se aprestaban a almorzar al pie del tanque; todos allí, en tumulto, al lado del Tono. Lo llevamos hasta la bomba y mientras uno y otro bombeaba, Deolinda lo tenía en los brazos con la cabeza debajo del chorro de agua fresca, y la Romilda, la mayor, le ayudaba a tenerlo alzado, pero el Tono no reaccionaba. Todos temblábamos, estremecidos, aunque no parecía que estuviéramos desesperados: el temple y la serenidad de Deolinda, naturalmente nos apaciguaba. Ella no decía nada, simplemente obraba y, por momentos, parecía rezar. Todos dábamos consejo de cómo había que ponerlo. Para colmo, su padre, Anselmo, no estaba ese día; era justo 21 de setiembre, y la primavera había llegado transparente y colorida, pero lo sucedido no nos había permitido tenerla en cuenta. Pasaban los minutos, rapidísimo, y el Tono no reaccionaba. Deolinda dispuso llevarlo al pueblo, lo más urgente que se podía. En un santiamén, atamos la vagoneta con los más trotadores, el Lobito y el Charco, que echaban la hiel trotando. Había que hacer seis leguas para llegar al médico. Tendimos un colchón en la caja para llevarlo acostado. Alguien cargó almohadas y abrigos, la damajuana forrada, con agua recién tirada, y cosas que resultaron necesarias. Entre tanto, se prepararon hervores de malva rubia y se le pusieron apósitos embebidos ahí, en el golpe, donde tenía apenas un chichón; luego Deolinda le lavó la cabeza y los pies con té de hierba de sapo, para distenderlo, pero el Tono no volvía en sí; intentaba despertarlo, tocándole suavemente la cara, y quería darle agua, pero no respondía, entonces le mojaba los labios, inertes. Por momentos parecía que no respiraba. Deolinda le hablaba bajito, diciéndole cosas como secretos en el oído. Salimos como en partida, dos a caballo para abrir tranqueras, Deolinda y Romilda con él en el piso y yo, desde el pescante, llevando las riendas; a mi lado, la Delfina, de 13 años, que también había subido. Adelaida, de 15 años, quedó a cargo de Anselmo y Jesús, los más chicos. Éramos primos, ellos me habían criado desde que yo, muy niño, quedara huérfano. ¡Creímos que iba a ser el viaje más largo de nuestra vida! ¿Dónde estaba el pueblo? ¿Qué distancias había que recorrer? No iban a ser las mismas que tantas veces, sin apuro y alegremente, hacíamos para ir a pasear, a los carnavales o a buscar provisiones. ¡No llegaríamos más! ¿Acaso la distancia no depende de nuestra ansiedad por llegar? Esta vez ¿no sería la desesperación la medida del recorrido que debíamos hacer? ¡El Tono se nos podía morir en el camino! Pero el camino estaba bueno, liso y sin barquinazos porque había llovido hacía dos días y el piso estaba blando, ya oreado y liviano. Al principio todos con piel de gallina, porque una prisa torpe nos dominaba, pero luego fuimos tornándonos grávidos de silencio, y ya nadie pronunció palabra; en un silencio sobrecogedor, callados y temblorosos, llevábamos el corazón en un puño. Y yo, que manejaba, no podía dejar de darme vuelta a cada rato para mirarlo al ángel estropeado; desde los brazos de la madre, dormidito como iba, su rostro angélico irradiaba candor y dulzura; de él fluía como un algo sedante que, sentíamos, nos calmaba. El día estaba luminoso y un horizonte nítido nos envolvía en círculo, dejando ver las chacras y los tambos de los vecinos conocidos, incluso las casas y los molinos más remotos y no tan conocidos. Mientras tanto, el Lobito y el Charco se tragaban como agua las leguas, lanzados, vertiginosos, como si se hubiesen hecho cargo de la urgencia. Creo que nunca los vi trotar como esa vez, iban como alados, dueños del aire. El negrito Corvalán y el Cacho Monterrosa, dos muchachos que peonaban hacía tiempo en el campo, iban bien montados, abriendo y cerrando tranqueras, allanando dificultades, haciendo de convoy. Él, dormía. “Está dormidito. Va dormidito” decía la madre a cada rato, mientras intentaba que tomara algún sorbo de agua de la que llevaba en un botellón forrado en arpillera mojada. El viaje al fin se hizo corto, no alcanzó a dos horas. Entramos al pueblo por la parte de atrás, directo al hospital, y el Tono llegó tan dormido o inconsciente como había salido del puesto. Lo tomaron los enfermeros y alguien más de delantal, llamaron al médico y lo llevaron para adentro. Con él pasaron Deolinda y Romilda, Delfina y yo nos quedamos afuera y no lo vimos más. Durante muchos días, durante muchos meses, estuvimos yendo y viniendo entre el campo y el hospital, el hospital y el campo, al principio sin poder verlo y luego turnándonos para cuidarlo. Los vecinos cercanos nos acompañaron desde el primer momento. El Tono fue despertando y recuperándose muy lentamente. Le llevó más de un año. Volvió al campo a convalecer, ya cumplidos los 13 años, hasta que, ¡increíble!, con el tiempo y poco a poco pudo realizar naturalmente todos los trabajos que antes hacía. Desde aquél momento, como un estigma de endeblez siempre presente, un vago sentimiento de riesgo desconocido y de sensación casi palpable minaba nuestras acciones. Es más, tuvimos terror por los caballos blancos o tordillos y nunca más uno pisó tierra tranqueras adentro; si hasta se nos volvió prohibido pronunciar ese pelaje; una superstición temerosa y fatídica nos posesionó y no nos abandonó jamás, como a aquellos viejos vecinos, al fin, de quienes nos burlábamos cuando nos hablaban del “Tordillo del diablo...”; ellos aseguraban, persignándose, que allá por los años treinta solía aparecer de tanto en tanto y recorrer como una exhalación asolando la comarca; misteriosamente luego decían sobrevenían desgracias...  Desde aquel día en que se estropeó, el Tono fue el centro de la familia, de nuestra unión, de nuestros cuidados y solicitudes para él, y entre nosotros. Estuvimos cerca de diez años más en el campo, luego… el éxodo. Y dejamos todo, y nos vinimos a vivir al pueblo. Y allí vivimos, sin las cosas, digo sin las cosas del alma cargadas de historia, de razón de ser y de afectos que allá quedaron. ...Y a empezar de nuevo, ¡urbanizarnos! Ya grandes, ya adultos, a cada uno nos fueron mellando las raspas y fragosidades del tiempo, que a todos nos cambió, menos al Tono: el quedó niño, adolescente, de alma y casi de cuerpo: no creció, no se hizo grande... Aquel 21 de setiembre del 56, un tordillo embrujado le paralizó el tiempo, le congeló el crecimiento cortándole las alas cuando recién las estaba desplegando, y ya no voló, como a aquellas aves silvestres que, cruelmente, para aprisionarlas en patios pelados, les quebrantan la punta del ala. Han pasado más de 25 años y el Tono mantiene intacta la ternura de su sonrisa, sus asombros y curiosidades de niño, su rubor y sus caprichos, el brillo de sus ojos, su infantil alegría y su humor fresco. Pero por sobre todo, el Tono conserva...su inocencia.

Ángel Cirilo Aimetta
Escritor