Hoy el género vampírico está de moda: abundan libros, cine y series televisivas; un extraordinario negocio que puede hacernos olvidar, o recuperar, muy buenas piezas artísticas. Hace quince años apareció “Los anticuarios”, novela del escritor argentino Pablo De Santis, que toca esta temática. Releerla motivó a escribir sobre ella y, más importante, a la posibilidad de entrevistar a este prolífico autor argentino. Lo que sigue a continuación es fruto de esa re lectura y de ese intercambio, en una amena charla que giró sobre praxis literaria, emociones, pensamientos y opiniones, permitiéndonos espiar detrás de los telones de la novela, pero también del mundo que habita a De Santis.
Un libro, para alguien que pretende escribir, puede merecer tres impresiones generales (a riesgo de caer en un reduccionismo injusto): hay libros muy buenos o excelentes (obras maestras que nos deslumbran o historias que nos conmueven); hay libros mediocres (aquellos que no nos cambian en nada o rápidamente olvidamos); y hay libros que nos hacen sentir en su lectura nuestra propia voz; es decir, cuando pensamos algo así como: "a este libro me hubiese gustado escribirlo yo". En este lugar ubico esta novela.
En “Los anticuarios”, De Santis da un muy buen giro al género, característica que resalta más en estos tiempos modernos donde muchos de los actuales vampiros desde la literatura o el cine, suelen pecar de laxos, enfrascados en tibias problemáticas, desdeñando cuestiones más profundas, trascendentales, existenciales, o psicológicas. La saga “Twilight” es un claro ejemplo de lo mencionado, aunque no sea el único.

Transilvania Express, publicación de de Santis junto a Max Cachimba.
- Para cuando escribís “Los anticuarios” en 2010, la temática vampírica no era nueva para vos. En 1994, junto al dibujante Max Cachimba, publicaron “Transilvania Express”, un catálogo de vampiros y monstruos. ¿Qué te hizo retomar el tema y qué significó hacerlo para un público adulto?
P.D.S.: Siempre fui muy lector de literatura fantástica y entre mis proyectos sigue el de terminar una enciclopedia dedicada al género. Tengo escritas unas trescientas páginas. El de los vampiros es un tema complejo. Por un lado, está tan atravesado de convenciones que se llega fácilmente a la parodia. Pero por otro, tiene un valor psicológico perdurable, porque a veces sentimos que algo o alguien puede quitarnos, no sangre, pero sí energía. A mí me pasa algo que llamo “cansancio social”: cuando tengo una reunión con gente que no es de mi entorno íntimo quedo agotado, llego a casa y me duermo. Volviendo a la literatura de vampiros, siempre me encantó: “Carmilla”, de Le Fanu; “Drácula”, de Bram Stoker; “Salem’s Lot”, de Stephen King; “Vampiros”, de Alexei Tolstoi. Pero también me gusta cómo trata el tema en algún cuento Emilia Pardo Bazán, una escritora extraordinaria, un poco olvidada. De la literatura fantástica de hoy, me encantan la japonesa Yoko Ogawa y la inglesa Susanna Clarke.
Desde la primera página de “Los anticuarios” uno presiente que hay una buena historia detrás. Una prosa fluida nos sumerge pronto en la trama, siempre fiel a un estilo propio del autor, con un pie en lo periodístico y otro en lo detectivesco. De Santis abre las puertas a una aventura que sucede en un ambiente que le es propicio y caro a su sentimiento, como es la redacción de un diario.
Un joven Santiago Lebrón deja atrás su pequeño pueblo natal y se muda a la tumultuosa Buenos Aires de los años ‘50. En busca de una nueva vida, su tío le dará cobijo, enseñándole además el oficio de reparador de máquinas de escribir, tarea que lo acercará a un diario donde la dinámica de la trama lo lleva a reemplazar a un periodista de noticias ligadas al mundo de lo oculto y lo paranormal. Entre crucigramas, horóscopos y crónicas de hechos inquietantes, entre el fragor del primer trabajo y el despertar del amor, el protagonista da con los anticuarios, un particularísimo grupo que vive oculto, pero a la vista de todos.
- La novela tiene una característica hermosa, esa idea de relacionar la condición vampírica con un amor —casi devenido en obsesión— por los objetos antiguos, como anclajes a un tiempo que para ellos, como inmortales, se les escurre entre los dedos; y además el lugar preferencial, dentro de esa obsesión, dada a la figura del libro.
P.D.S.: Me preguntaba: “si alguien vive mucho tiempo, ¿cómo se relaciona con el presente? ¿O queda anclado al pasado?”. Estos personajes viven esa desconexión del presente. Y los objetos viejos tienen algo de talismanes. Yo comencé a trabajar en las viejas redacciones de los diarios y las revistas, con máquinas de escribir y diagramación a mano; eran lugares siempre llenos de gente. Ahora entrás a una redacción y no hay nadie. Redacciones desiertas. Uno se da cuenta que su propio pasado pertenece a otra época. A la vez en otros aspectos hay una conexión mayor con el pasado que en otros tiempos. La música que habían escuchado mis padres en su juventud, o las películas que habían visto me resultaban, de joven, algo remoto. Sin embargo, mis hijos escuchan a veces canciones de mi época, y les parecen actuales, y muchas películas viejas, como las de “Indiana Jones” o la saga de “La guerra de las galaxias”, siguen siendo contemporáneas.

Pablo de Santis (foto: Secretaría de Cultura de la Nación)
Tal lo dicho, estos anticuarios combinan su condición vampírica con una obsesión por los libros viejos y otros objetos del pasado. Huyen de la luz del sol, viven tranquilos y serenos, refugiados en el plácido ambiente de sus antigüedades, dominado por la soledad, el silencio y la penumbra; y hasta un elixir artificial les permite saciar su roja sed, e insertarse en la sociedad. Pero la felicidad nunca es completa: su anonimato y seguridad son amenazados por una sociedad secreta que busca exterminarlos, liderada por un Van Helsing vernáculo.
Nuestro héroe usa una doble vía de conexión, que De Santis construye con eficacia literaria: la de su empleo periodístico y la del inefable amor con la hija de uno de los anticuarios; y el amor —ya se sabe— mueve al coraje aún cuando implique hundirse en el lóbrego inframundo y en el incierto futuro.
- Otro elemento de “Los anticuarios” es que tus vampiros son personajes con corporeidad, lógicos, resultan creíbles y su condición paranormal no los exime de las problemáticas humanas. Pareciera cobrar peso real y significativo el choque entre el sueño —común de casi todos— de una vida inmortal pero a costas de la maldición que supone la soledad de una vida signada por la incapacidad de amar.
P.D.S.: Hace un tiempo en la red social “X” (ex Twitter) una lectora me señaló que mis historias de amor muchas veces terminaban mal, y me preocupé: “¿Por qué no hago terminar bien a las historias de amor?”. Por suerte encontré algún ejemplo positivo. De todos modos creo que siempre hay algo romántico en lo que escribo. Romántico en el sentido de la exaltación del mundo de las pasiones pero también del gusto por lo sobrenatural del romanticismo, y de la búsqueda de un sentido trascendente, que es otra de las claves de lo romántico. A mi entender, es lo opuesto a la sátira. En general no me gustan las sátiras, pienso que suponen una superioridad moral de quien escribe con respecto a sus personajes, que se convierten en instrumentos para expresar una idea.

Tapa del libro Los Anticuarios, editado por Planeta.
- A 15 años de “Los anticuarios”, y atendiendo la premisa borgeana de que se publica para dejar de corregir, ¿cómo ves esa obra a la distancia?
P.D.S.: No volví a leer “Los anticuarios” desde que se publicó, pero uno cuando repasa sus libros, no recuerda más que los errores. Es un ejercicio neurótico. Recuerdo que mi padre cuando leyó ese libro me señaló un párrafo y me dijo: “Acá aparece un semáforo. No había ningún semáforo en Buenos Aires en los años cincuenta”. Y una profesora de Rosario me señaló con razón otro error: en la novela se describían unos jazmines que habían perdido sus pétalos. “La flor de jazmín se marchita sin desprenderse de sus pétalos”, me aclaró. Así que cuando pienso en “Los anticuarios”, no pienso en vampiros. Pienso en semáforos y jazmines.
- En tus inicios, junto a tus primeras armas en el periodismo, tuviste un marcado paso por la historieta. Esas dos características son, a mi parecer, parte de tu enfoque literario. Cuando hoy De Santis se sienta a escribir, esa cuestión mágica y lúdica de la juventud, ese gusto por lo detectivesco, ¿hasta qué punto es brújula interna? Dicho de otra manera: ¿es aquel joven el que aún dicta las cosas que el De Santis adulto transcribe?
P.D.S.: El vínculo con la infancia siempre está presente en la escritura, porque empezamos a leer cuando somos chicos y entonces quedamos marcados. Toda la vida nos rodean los cuentos de hadas. No salimos de un mundo de brujas, ogros y castillos. Hay novelas mías que me parecen “adultas”, por ejemplo “La hija del criptógrafo” o la última que escribí, “La cabalgata de las valquirias”, que es una novela policial. Pero hay otras que parecen escritas con la mentalidad de alguien de doce años, por ejemplo “Academia Belladonna”, que transcurre en el Londres de los años treinta, y donde hay una escuela de asesinos, y una especie de mueble-Torre de Babel que encierra la historia de todos los asesinos del mundo.
Cierre
La maestría de De Santis reside en la original vuelta de tuerca a un tema tan antiguo y -hoy- tan manoseado. Amor, intriga y frenesí detectivesco, en un escenario de librerías y libros antiguos, y en el marco de una Buenos Aires revuelta. “Los anticuarios” es una novela con todos los condimentos para reconocerla como una de las grandes obras de la ficción moderna argentina, que -en esta humilde opinión- es de mayor logro literario que la aplaudida “El enigma de París”.
*Alberto Di Francisco es ilustrador, escritor e integrante del equipo de Prensa de la CPE.
En 2022 publicó el libro de relatos breves "Los juegos".
