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Pablo Much: jubilarse tras 37 años en la CPE

 

Fue parquero, barrió veredas, hizo pozos y levantó columnas a puro hombro cuando no había grúas; fue cajero, tomaestados y hasta atendió un puesto de frutas y verduras una temporada en que la cooperativa incursionó en ese rubro. Todo eso fue Pablo Much antes de hacerse cargo de la Planta de Gas. Y esto fue hace 30 años, el día en que, por su compromiso y dedicación, Máximo Oronoz le pidió que se hiciera cargo del nuevo proyecto de la CPE.

Publicada en junio de 2012


Para ese entonces Pablo llevaba siete años trabajando en distintos sectores de la cooperativa. Había entrado como peón de patio a los 18, recién llegado de Provincia de Buenos Aires recibido de técnico electricista. "Vine por el trabajo, pero podía quedarme o no porque era como una changa. Al final me quedé toda una vida", cuenta ahora, una fría mañana de mayo, desde el mismo escritorio que ocupa desde que se inauguró la Planta de Gas, y que muy a pesar suyo se apresta a dejar para acogerse a la jubilación.
Pablo tiene cuatro hijos, el más grande de los cuales ahora también trabaja en la cooperativa, pero para él, su hija mayor, la que nació primero, es la Planta de Gas. Él la vio nacer en 1982 en medio de un terreno desierto y vio cómo año a año fue creciendo hasta convertirse en algo que nunca hubiera imaginado, a pesar de que buena parte de lo que hay allí tiene que ver con su propia iniciativa y esfuerzo. "Anoche, cuando me iba -dice-, me paré en la esquina y miré y no podía creer lo grande que está".
No estuvo solo, claro, y memorioso como pocos, Pablo no deja de recordar con gratitud a todos los compañeros de trabajo que alguna vez pasaron por la planta, a todos los que un día, unas horas o cuando hiciera falta, no dudaron en darle una mano o compartir un conocimiento que él no tenía.
Con la emoción a flor de piel confiesa el orgullo que sintió cuando el 18 de mayo del '82, el presidente del Consejo de Administración, uno de los dirigentes históricos de la CPE, Máximo Oronoz, le preguntó si quería hacerse cargo como jefe de operaciones de la Planta de Gas que la cooperativa había decidido construir para brindar un servicio más para sus asociados. "A mí no me pueden decir cuánto se tarda en llenar una garrafa, porque yo arranqué desde la planchada", cuenta Pablo, quien sin saber nada de gas, se fue forjando en el rubro a fuerza de mucha observación y prueba y error. Hoy, desde el fallecimiento de Antonio Skara, es el vicepresidente de CADEGAS, la organización que reúne a las cooperativas del país que distribuyen gas.

Presiones y convicción

A sus 25 años se hizo cargo de la primera planta del país que fraccionaba tanto garrafas como cilindros, que siempre fue el fuerte del servicio. Unos años antes, en el '79, el gobierno nacional había decretado la privatización del comercio de gas propano, hasta entonces en manos de Gas del Estado, que le ofreció el servicio a la Federación Argentina de Cooperativas Eléctricas (FACE) y la CPE recogió el guante.

201206 2 La cooperativa me dio todo yo le di mis mejores añosPablo Much, jefe de la Planta de Gas de la CPE.

"Cuando arrancamos, la gente no entendía muy bien para qué habíamos invertido tanto porque el precio era muy parecido al que ofrecían otros", recuerda Pablo. La explicación se iría instalando en la conciencia colectiva con el correr del tiempo. Apenas dos días después de inaugurada la planta el 27 de noviembre del '82, los gerentes de las dos empresas que brindaban el servicio en la ciudad, Neogas y Algas Santa Rosa, le pidieron una reunión. "El 29 a la tarde nos plantearon que había necesidad urgente de aumentar el precio". Buscaban un arreglo pero se encontraron con otra filosofía, la del cooperativismo: "les dijimos que no, que nos íbamos a manejar con nuestros precios", que desde entonces siempre fueron más bajos.
Siempre lo fueron, salvo en 2001, cuando tras la desregulación total del mercado en la década del '90, con el ingreso de las grandes multinacionales como Total y Repsol, la CPE debió soportar una verdadera guerra de precios que apuntaba quitarle toda la clientela hasta asfixiarla económicamente, para luego apropiarse de ella. Lo hicieron en todo el país y, de hecho, de las casi 200 plantas, la mayoría cooperativas o pymes familiares, actualmente subsisten unas 60. "Pusieron la garrafa a 4 pesos cuando nosotros la teníamos a 12 -rememora Pablo-, así que tuvimos que acomodar nuestra organización, pasamos gente a otros sectores, hicimos otros ajustes, y pudimos bajar el precio a 9 pesos y ellos lo subieron a 6".
No fueron las únicas presiones. Más tarde, la avanzada de las multinacionales fue directa y con la prepotencia del dinero. "En marzo (de 2001) estuvo la gente de Repsol y nos querían comprar la planta. Nosotros les dijimos que 'el sol sale para todos' y que íbamos a seguir con nuestro servicio y nuestros precios". Una política que se vio ratificada año a año en los balances: desde su creación no ha registrado resultados negativos.
Cuando en noviembre se cumplan los 30 años del servicio, todos estos vaivenes quedarán en el anecdotario. Sin embargo, sobrepasarlos fueron mérito de muchas personas que, como Pablo, pusieron más de lo que se les pedía, su energía y sus convicciones. "A la cooperativa la empecé a querer desde que entré", dice Pablo y señala: "yo entiendo que cooperativista se nace y se hace. En el cooperativismo está el ser solidario, más que nada ser humilde, y demostrarlo sobre todo, no sólo decirlo".

Toda una vida

Pablo ya tiene completados los trámites de su jubilación. El 31 de julio será el último día en que el despertador le recuerde a las 5 de la mañana que es hora de levantarse, desayunar y aprontarse para estar a las 6 en la Planta de Gas, su segundo hogar. "Es la misma de hace 30 años -cuenta-. Siempre estuvimos por ampliar el edificio, pero había otras prioridades".
La sola idea de dejar el lugar le humedece la mirada a este hombre sencillo, de corazón grande y convicciones a prueba de tentaciones de cualquier tipo. "Yo le digo a mi señora: '¿para qué querés tenerme todo el día en casa?'". Simplemente cuesta acostumbrarse cuando toda una vida está unida a una organización que lo tuvo como uno de los principales protagonistas, cuando hasta los árboles que se ven desde la ventana fijaron sus raíces en los pozos que él ayudó a cavar. "Mi idea es de alguna u otra forma quedarme, aunque sea asesorando, ayudando con lo poco o mucho que uno aprendió", dice.
Se abre una nueva etapa, sin duda. Tiempo de viajar o ir a pescar, gustos muchas veces postergados porque la Planta le demandaba estar pendiente. Pero sobre todo para disfrutar de la familia, su esposa, sus cuatro hijos, a los que Pablo reconoce como los pilares fundamentales de su vida, que lo bancaron incluso cuando a veces su responsabilidad le recortaba el tiempo que compartía con ellos.
Es el momento de la despedida. Cuando se le pregunta ¿Qué es la cooperativa para usted, Pablo?, su voz se anuda en la garganta, el silencio se congela en el aire frío de mayo. Y contesta: "Es mi vida. Siempre digo que a mí la cooperativa me ha dado todo, pero yo también le entregué los mejores años de mi vida".