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EN EL TERRITORIO NACIONAL DE LA PAMPA

La policía, como institución del orden, atravesó desde el momento de su instauración en el Territorio Nacional de la Pampa grandes dificultades. Enormes territorios a recorrer, falta de recursos (carencia de armas, vestuario, animales y hombres) así como los desafíos a la autoridad por parte de la sociedad civil y las disputas por el poder local entre los comisarios y los Jueces de Paz.

Publicada en marzo de 2006

La escasa especificidad de tareas, la diversidad de funciones que debían desempeñar, la falta de una reglamentación más clara y precisa de sus deberes, y la ausencia de personal idóneo, es decir, apto y experimentado; complicaron el panorama de una institución fundamental en un área donde el orden social era necesario para el funcionamiento del sistema capitalista.

¿Quiénes fueron los individuos que desempeñaron las tareas de control y vigilancia? Mientras que los comisarios y el jefe de policía eran elegidos desde el gobierno central (Ministerio de Interior), los "gendarmes" o agentes eran contratados por los mismos comisarios y no poseían ninguna preparación física o psicológica para ejercer su cargo.

La estipulación normativa sobre la forma en que se los reclutaba quedó inicialmente enunciada en 1898, a través de dos artículos a los que se adjuntaba una planilla o formulario para el enganche y contrato de los mismos. En ella, el personal para el servicio de las policías de los territorios sería contratado por escrito y a través de la gobernación, haciendo constar el nombre del agente, su filiación y el tiempo durante el cual debiera prestar servicios.

En la mayoría de los casos, gendarmes y comisarios departamentales eran analfabetos; una de las primeras medidas tomadas al irse burocratizando la institución fue la introducción de la figura del escribiente quien se encargaba de cualquier acción correspondiente a la administración, con capacidad para llevar adelante el control sobre los gastos y realizar las anotaciones prescriptas.

Hacia 1900, el servicio de policía contaba con un jefe, un comisario inspector, doce sargentos, doce cabos y 200 gendarmes para la vigilancia de miles de leguas pobladas. El jefe de policía, Juan Celesio, explicaba la imposibilidad de un eficiente despliegue de su misión contra el cuatrerismo, la vagancia, el robo y el crimen, como consecuencia de la insuficiencia y preparación del empleado policial. Diez años más tarde, bajo la gobernación de Felipe Centeno, la institución incitaba a los comisarios superiores a la instrucción del personal subalterno.

200603 La policia y los policias a principios del siglo XX 2

El “Negro” Castellanos, un agente de policía de Toay.

Los años transcurridos a lo largo de las décadas de 1920 y 1930 significaron dentro de la institución policial un reordenamiento en cada una de sus esferas; se exigía por un lado una mayor profesionalización de su aparato represivo, y por otro una profundización e institucionalización de la estructura administrativa y funciones policiales.

Durante 1924, se sancionó una reglamentación que establecía las atribuciones de los futuros ingresantes al régimen policial; debe tenerse en cuenta que este tipo de ordenanzas era inexistente para los primeros tiempos de la institución, cuando el personal se alistaba a la ligera, no estaba capacitado y con serias deficiencias de instrucción general y aún profesional. Los requisitos que se tenían en cuenta para ser posibles candidatos a gendarmes eran su alfabetización, su desempeño en las actividades ecuestres, el registro de antecedentes, entre otras condiciones. El jefe de policía, Tomás Black, sostenía que era necesaria la educación y atención constante hacia el personal, para transformarlos en "hombres útiles para la institución".

En ese mismo año, este último argumentaba que, para estar acordes a las necesidades del servicio público exigido por los lugareños, era obligación de los comisarios departamentales instruir a la gendarmería por medio de academias diarias o periódicas, cuya enseñanza estaría a cargo de los oficiales mayormente preparados en la región, en caso de que alguna circunstancia del servicio imposibilitase al propio comisario del Departamento atender personalmente estas academias.

Estas  debían figurar en los libros "Partes del Oficial" de servicio, ocupándose no sólo de aquello que incumbiera a la formación del personal de la gendarmería sino también a todo lo referido a reglas de sociabilidad, comportamiento ante el público, buenas costumbres, e higiene  personal.

Sin embargo, la dificultad de cubrir los cargos iba de la mano con la imposibilidad de retener a los ingresantes. El recambio permanente y la inestabilidad en el ejercicio de las funciones fueron características típicas hasta fines del siglo XIX y principios del XX.

¿Cómo explicar la itinerancia y el recambio habitual del plantel policial? En realidad, los atractivos que seducían a los postulantes eran efímeros y escuetos. Los bajos salarios, la peligrosidad de las labores, la posibilidad de encontrar un empleo mejor remunerado en las cosechas, parecen haber sido el período ideal para el abandono de las tareas policiales y hacían poco atrayente para muchos el trabajo permanente en la policía.

Pese a que en los primeros años del siglo XX se hizo evidente, en el territorio de La Pampa Central un aumento considerable y una mayor especificación de las reglamentaciones previstas para la enseñanza elemental de sus agentes; la frágil estructura de la repartición policial permaneció sin resolver hasta mediados de la década del '40, y se mantuvo la precariedad laboral y material de estos "cuerpos del orden".

Ante las nuevas exigencias sobre el control social, las autoridades gubernamentales, preocupadas en legitimarse ante una sociedad asustada por la inseguridad, tendieron la balanza a favor del poder policial. Para ello, fue esencial establecer y propagar instrumentos y mecanismos pedagógicos, represivos y jurídicos, que garantizaran la capacitación del empleado policial. Se abría entonces, en esa década, un nuevo período para la policía en la Pampa central.

*Melisa Fernández Marrón. Profesora. Instituto de Estudios Socio-Históricos, Facultad de Ciencias Humanas, UNLPam.