Entre tantos guitarreros, músicos y cantores que poblaron el territorio pampeano, hubo nombres que se destacaron más allá de la reunión amical o la tertulia ocasional del reducido ámbito familiar. Eran los cantores populares o aficionados, que trascendían también las serenatas pueblerinas —tan en boga a principios del siglo XX—, o la participación generalmente improvisada en celebraciones y pequeñas fiestas, y ganaban el derecho de ocupar un tablado, a la usanza de los “cantores nacionales”, los profesionales, en el marco del ambiente provinciano.
En la década del ’10 del mismo siglo se hizo más notoria esa característica, en consonancia con la popularización de nombres como Gardel que, desde el disco primero y haciendo giras por el interior del país, difundía su figura artística a la vez que sembraba el hábito de la audición y la interpretación del naciente cancionero popular argentino. La emulación en forma y contenido de ese arte consagrado venido de la metrópoli, y la incidencia de distintos factores sociales que hacían a la idiosincrasia de las nacientes poblaciones pampeanas, daban lugar al desarrollo de inquietudes de ese tipo entre los cantores regionales. En ese contexto tuvieron lugar numerosas y variadas experiencias que pasaron a formar parte de la historia de la música popular local.
Nace un cantor
El Teatro Español de Santa Rosa estaba colmado. Todavía perduraban en el ambiente de la sala los últimos acordes del Pericón Nacional que habían bailado poco más de 20 parejas, dirigidas por el “famoso” —según se lo reconocía entonces— Payador Garay, cuyas mentas habían trascendido holgadamente el radio de influencia de Quemú Quemú, su pueblo de origen.
Mientras la platea extendía sus aplausos entre murmullos de aprobación, detrás del telón ya cerrado, nerviosas diligencias procuraban dar solución a un imprevisto de cierta magnitud en la programación: Cisneros, el cantor, no había llegado aún y le tocaba actuar enseguida. Había que tomar una decisión: o se eliminaba el número anunciado en los programas, o se designaba un reemplazante entre los artistas presentes. Se decidió lo segundo, sobre todo por complacer a un auditorio que, por exigente, no dejaría pasar inadvertida la ausencia de un solista de canto en la velada.

A la izquierda, Tulio Neveu, en la década de 1930. A la derecha, fotografiado en Toay, entre 1927 y 1929.
Fue entonces cuando el guitarrista Pedro “Negro” García habló con Tulio Leocadio Neveu —uno de los integrantes del grupo de instrumentistas que acababa de acompañar con guitarras a los bailarines, y que además cantaba muy bien—, y le propuso su aparición en público, acompañado por el propio García.
Así, en forma inesperada, Tulio Leocadio “El Paisano” Neveu, un joven de 17 años, tomaba contacto por primera vez con el público de la sala teatral más importante del Territorio, iniciando un itinerario artístico que años más tarde, entre 1932 y 1934, lo llevaría incluso a realizar actuaciones en Radio Cultura de Buenos Aires.
Aquella velada de 1919, había sido organizada por el hoy desaparecido Club Policial.
"El Paisano" Neveu
Neveu perteneció a la generación de cantores y musiqueros nacidos con el siglo (1902, Quehué), y desde comienzos de la década de 1920 hasta promediar la del ’30, tuvo vigencia efectiva en esta parte del Territorio. El hecho artístico que lo tuvo como protagonista es, junto al que experimentó otro pampeano, Argentino Valle, uno de los primeros de importancia en la sucesión de acontecimientos de ese carácter en la región.
“El Paisano” Neveu, así llamado porque usaba frecuentemente bombachas blancas y botas negras, era un ferviente admirador de Agustín Magaldi, de quien entendía que tenía “más sentimiento” que Carlos Gardel para cantar, y de cuyo repertorio había tomado buena parte de las canciones que cantaba en la segunda mitad de su carrera artística. Magaldi influenciaba totalmente a Neveu, quien no escatimaba esfuerzos para hacer parecer su voz y el estilo al cantor nacional. En cierto modo, la emulación era por entonces un atributo positivo que el cantor practicaba conscientemente; ya se verá en otros intérpretes.
De las composiciones que formaban su repertorio, las “fuertes” de Neveu eran el tango-canción “La Cieguita” y la canción criolla “Opa, opa!”. Además, cantaba “Dios te salve m’hijo”; “Nostalgias”; “Llora, llora corazón”; “Gajito de cedrón” y “El Poncho del olvido”, cifra con la que había debutado en el Teatro Español. Por otro lado, su cancionero incluía también obras que habitualmente cantaba Carlos Gardel.
Tulio Neveu incursionó en Buenos Aires entre los años 1932 y 1934, y cantó en el programa “Yo sé todo”, de Radio Cultura, gracias a una vinculación que le dio Argentino Valle. Cantó entonces “La Pampita”, famosa milonga del pianista pampeano y del autor literario mendocino de origen ítalo-argentino Alfredo Pelaia, en una de las primeras interpretaciones que se hacía de esa obra musical y poética. Vallejo, Matto y Nápoli fueron los tres guitarristas porteños que lo secundaron.
Su paso por Buenos Aires permitió al cantor pampeano alternar con profesionales como Marta de los Ríos, Fernando Ochoa y los integrantes de los dúos Vega-Díaz y Gómez-Vila, entre otros. Radio Parenti de Santa Rosa y LU2 Radio Bahía Blanca, lo contaron también entre sus artistas.
La primera generación
Contemporáneos de “El Paisano” Neveu fueron los hermanos Ojinaga (dúo de canto y guitarra); Arturo Carlos Alberto Fourcade, más conocido como Argentino Valle (pianista, compositor); Amancio Rodríguez (solista en canto y letrista) y Carlos Alberto Navarro Sarmiento, otro solista cantor, nacido en Victorica pero residente en Santa Rosa, que descolló a fines de la década de 1920. La actividad artística de estos hombres, como se verá, se inscribe en términos generales dentro del segundo decenio del siglo consignado, si bien varios de ellos prolongan su permanencia en la década siguiente. Argentino Valle, por ejemplo, cobra notoriedad a través de los medios de comunicación porteños de la década de 1930.
Amancio Rodríguez, serenatero, bailarín, autor de versos poéticos y musicalizador, ataviado con un lujoso atuendo criollo, alrededor de 1919, en Santa Rosa (gentileza de Amancio Rodríguez).
Amancio Rodríguez
En los años 20, época en que las serenatas eran moneda corriente entre los jóvenes santarroseños y toayenses, no había muchacha entre las caracterizadas familias del medio, que no conociera las dotes serenateras de Amancio Rodríguez, de quien Aniceto Ojinaga —otro cantor— dijo una vez que “tenía una linda voz”.
Amancio Rodríguez era un artista nato, con una gran intuición que le permitía expresarse en varias formas; por eso fue un excelente bailarín de jotas y de danzas folklóricas; componía versos que luego cantaba acompañándose en guitarra; desarrolló la técnica del canto bajo la dirección del profesor César Rodríguez en la Escuela Nº 5 de Toay: y ponía su voz y toda su expresión, en irrepetibles serenatas de la bohemia musical de entonces, a las palabras que José Font —redactor del periódico “La Autonomía”— o Julio Nery Rubio —poeta venido de Santiago del Estero—, solían dedicar a bellas mujeres.

Rubén Evangelista entrevistando a Amancio Rodríguez en su vivienda de calle Coronel Gil Nº 73, de Santa Rosa, el 1º de octubre de 1982. Foto: Pablo De Pian.
El Dúo Neveu - Rodríguez
Tulio Neveu se unió a Amancio Rodríguez en un memorable dúo, y comenzaron a cantar juntos alrededor de 1922. El Cuadro Filodramático del Club Belgrano lo contaba regularmente como animador de los entreactos cuando se hacían representaciones en público.
El dúo Neveu-Rodríguez llegó a ser número infaltable en todo espectáculo que tuviera lugar en Santa Rosa y sus alrededores e incluso en pueblos del interior. Victorica, Anguil, Lonquimay, Uriburu y Toay, en La Pampa; y Pehuajó y Pellegrini en la Provincia de Buenos Aires, fueron sólo algunos de tantos lugares visitados por el dúo.
El 5 de diciembre de 1987 fue presentado en el Teatro Español de Santa Rosa, el libro “Folklore y Música Popular en La Pampa”, en el que aparece Amancio Rodríguez, quien asistió al acto especialmente invitado. Aquí se halla en el escenario junto a Guillermo Julio Gazia, Subsecretario de Información Pública del gobierno provincial (editor del volumen), y el autor del libro, Rubén Evangelista (foto oficial).
Su repertorio incluía gatos, zambas, cuecas, milongas y “esos estilos criollos” —al decir de Amancio Rodríguez—, especies musicales de las que no siempre conocían sus títulos. Rodríguez, cantaba la segunda voz, mientras Neveu tenía a su cargo la primera guitarra. Sin embargo, a veces complementaron el acompañamiento instrumental con el aporte de Pedro “Negro” García, un excelente guitarrista que, por otro lado, en algunas ocasiones actuaba como solista.
El dúo Neveu-Rodríguez perdura hasta el año 1927 y, si bien sus dos integrantes continuaron cantando como solistas, Amancio Rodríguez sólo lo hizo hasta 1928; en 1929 contrae enlace matrimonial con María Esther Ohaco y, al trasladarse al campo, abandona para siempre la práctica del canto y la guitarra, iniciada desde muy jovencito en Toay, lugar donde había nacido, como Tulio Neveu, en el año 1902.
* por Rubén R. L. Evangelista,
Investigador de la música pampeana.