Publicada en julio de 2010
Con la partida de Bustriazo Ortiz las letras pampeanas pierden al mejor poeta de su historia. Había nacido en Santa Rosa un 3 de diciembre de 1929. De sólida formación autodidacta, su trayectoria poética fue desde el cancionero de raíz folklórica hasta las formas más atrevidas de la vanguardia contemporánea. Bien podría definirse su producción como un prisma en cuyas caras se reflejan todos los aspectos de la condición humana. El perenne amor, la historia, los márgenes de la ciudad, los vestigios del tiempo ido, el paisaje pampeano, la amistad, las sombras de los muertos, y tantos otros.
Aunque solitario y distante, siempre estuvo al lado de los oprimidos. Ya en sus primeros libros, que datan de los años '50, refleja un claro posicionamiento a favor de los pueblos indígenas, cuando todavía estaba en pleno auge la exaltación de la llamada Campaña al Desierto. Lamentablemente, el inexplicable silencio al que fueron condenados por mucho tiempo hizo que el compromiso de su voz poética no pudiera difundirse cuando era más necesario.
Trabajó de linotipista y corrector en el diario La Arena, fue mirero en campamentos topográficos, telegrafista policial y arqueólogo aficionado en la localidad de Puelches. Después, ya radicado definitivamente en Santa Rosa, se dedicó de lleno a la producción de sus libros. Dora Battistón, la más calificada conocedora de su obra, compara con poético acierto, esta última etapa de Bustriazo con la de un antiguo viajero, que ya concluido su periplo, de regreso a su patria, se sienta a escribir en múltiples noches la crónica de sus viajes.
La poesía de Bustriazo es tan apasionada como apasionada fue su vida. Pocas obras se retroalimentan con el mismo afán, tanto que no puede concebirse una sin la otra. No hay una línea donde no se perciba el latido de su corazón dilatarse hasta el infinito. Del enojo con un bolichero o un amigo podía surgir un poema de escarnio, así como de la efímera e idealizada relación con una joven maestra de Puelches surgió la musa que le inspiró memorables poemas.
Al fin y al cabo, como el albatros de Baudelaire, su elemento vital fue el “aire” de la creación, donde la belleza de su vuelo no tuvo rival. En la otra dimensión, en la “tierra”, su vida cotidiana, como el ave marina en la cubierta de los barcos, no corrió la misma suerte. Como muy pocos poetas del siglo XX, demostró que el centro de la poesía reside en la manera personal, irrepetible, de mirar la existencia, sin los condicionamientos del medio ni de los manuales que se nutren de la tradición idiomática.
Para quienes conocen su poesía, es difícil no recordarlo con algunos de sus sentidos versos, como aquellos del que es quizás su mejor poema: Entonces me encendías hondas chicharras / en una casa blanca del Curacó, / y en las tardes del agua era en mis manos / un pájaro chiquito tu corazón.
*Marcelo Cordero era Director de Editorial Voces en 2010
